
Reprise, la ópera prima de Joachim Trier, ha sido traducida para su estreno en México como Vivir de nuevo. (Ni hablar, uno se va acostumbrando a la ecuación Título Original=Léxico Del Distribuidor Que Tanto Miedo Tiene De Decir Las Cosas Por Su Nombre). Reprise, que significa “repetición” o “recapitulación”, es un término en francés frecuentemente usado en la composición musical y se refiere a la repetición o regreso al material inicial de una obra en el término de ésta. Reprise es una manera de cerrar una idea con un elemento inicialmente planteado. O sea, el reprise es una estructura circular.
Joachim Trier lo sabe bien y es por eso que decide jugar con la estructura para contarnos los accidentados caminos de Erik y Phillip, dos jóvenes escritores, mejores amigos, reflejo uno del otro, que luchan por publicar su primera novela y vivir con las consecuencias de su éxito o su fracaso. La cinta se vuelve de esta forma un espejo del propio director en la escritura de su primera película.
Las bifurcaciones y cruces de la anécdota —menos importantes que la forma en que se cuentan— incluyen, entre otros tantos temas, el de la locura como colapso ante la incertidumbre del propio talento, el egoísmo como estrategia de supervivencia, el inestable equilibrio entre lo que se piensa y lo que se dice o entre lo que se quiere y lo que se hace.
Erik, Phillip y su novia Kari conforman un triángulo que nunca se deshace y que da cabida a relaciones intensas y complejas. Movidos por un deseo de descifrar el mundo que viven, estos tres personajes van hilvanando finamente el retrato de un mundo cada vez más competitivo, estúpido y superficial, donde los espacios para enamorar a una mujer, para platicar con un escritor que se admira o para observar el mar, son cada vez más escasos.
Reprise es una película sobre escritores pero sobre todo es una película sobre escritura. Y esta escritura, esta experimentación, este deseo de decir las cosas de una manera diferente, novedosa y divertida, está presente en cada corte y en cada encuadre de la cinta.
Así, los saltos temporales, en lugar de confundirnos, enriquecen los mundos de los protagonistas. Un flashback no es sólo un artificio estilístico para impresionarnos, sino que, al estar justificado como la manera en la que Erik y Phillip perciben su realidad, nos ayuda a adentrarnos en las vidas de estos dos personajes.
Y en esto radica, a mi juicio, el mayor acierto de la cinta, en hacer que los recursos de lenguaje tan propios de los últimos años y tan socorridos por directores como Tom Tykwer, Quentin Tarantino o Spike Jonze en Corre Lola, corre, Perros de reserva o El ladrón de orquídeas, respectivamente, funcionen no sólo a nivel intelectual, sino que fortalezcan la cercanía y la intimidad de los personajes y nos ayuden a conectar emocionalmente con ellos.
Joachim Trier no se vale únicamente, claro está, de una narrativa no lineal para atraparnos en la película. Cuenta con un guión sólido e inteligente, con personajes entrañables y divertidos y con una hermosa fotografía de Jacob Ihre. El diseño de audio funciona al mismo nivel que la imagen y está compuesto de diferentes planos que en varias ocasiones parece no concordar con lo que vemos. Voces en off, diálogos deconstruidos y ambientes de mar para envolver el flujo de los recuerdos, son algunos de los recursos de ese otro 50 por ciento de la película (muchas veces menos, pocas veces más) que es el sonido.
En la secuencia inicial de créditos de la película vemos aspectos de un desfile en el Festival Nacional de Oslo. Una banda musical recorre las calles y el público celebra en cámara lenta. Sin embargo, lo que escuchamos es la rola “New dawn fades” de Joy Division, que en sus primeras lineas dice: “A change of speed, a change of style. A change of scene, with no regrets, a chance to watch, admire the distance” (Un cambio de velocidad, un cambio de estilo. Un cambio de escena, sin remordimientos, una oportunidad para observar, admirar la distancia).
Nunca mejor dicho.