¿Qué se aprende leyendo novelas? ¿Qué clase de conocimiento puede adquirirse en ellas?
¿Cómo pueden acercarnos a la verdad tantas mentiras?
Hace casi un cuarto de siglo tuve una novia hermosa y menuda a quien en verdad nunca se me ocurrió abandonar. Si nos separamos se debió a nuestro deseo de estar juntos durante toda la vida sin saber que ese deseo es el primer paso para caminar justo en la dirección opuesta. Y pese a que los recuerdos son mentirosos, mi memoria insiste en volver a su lado cuando tanto tiempo después me pregunto qué clase de atracción ejercieron sobre mí las novelas en ese entonces. Ambas atracciones —joven amada y literatura— se dieron a un tiempo y crecieron juntas y cuando una terminó la otra continuó. Ambos recorríamos las librerías, comprábamos novelas y descubríamos autores de toda clase hasta que luego de unos años llegamos a reunir un buen número de libros. Y cuando después de siete años de estar juntos terminamos nuestra relación, ella no dudó en dejarme todas esas novelas, a pesar de que en verdad sentía hacia ellas un enorme aprecio. El aplomo en una mujer de veintidós años es cosa seria y también lo es su intuición. “Vas a necesitar esos libros más adelante; nada que hablar”, me dijo. Estas palabras me pusieron en medio de un accidentado camino que todavía no anuncia su conclusión.

Cuento este episodio por una razón que podría parecer demasiado rebuscada: después de tanto tiempo de haber tomado esa extraña elección no comprendo qué clase de conocimiento puede obtenerse cuando se leen obras de ficción. ¿Leer novelas es sólo un pasatiempo, una afición como existen tantas otras o acaso es un medio de saber más profundo? Intento hacerme esta pregunta de la manera menos pedante posible, pero no encuentro otro modo de mostrar mi azoro más que por medio de una pregunta que es más bien abstracta. Sé que la ficción abarca varios géneros, pero no me parece necesario mencionar las cualidades de cada uno de ellos, lo que persigo no es una retórica erudita sobre la literatura, sino bosquejar la clase de conocimiento que la literatura transmite. Yo perdí a una novia con quien había planeado pasar una vida entera y quiero saber si mi elección por la literatura compensa de cierto modo esa pérdida. Me gustaría pensar que al menos en una batalla presenté una oposición digna y que detrás de las elecciones que uno hace cuando se es joven no se esconde una constante cadena de equivocaciones.
El conocimiento que ofrece una novela no es el mismo que se obtiene cuando se revisa un tratado científico o un documento histórico, ni tampoco parece servir a la hora de resolver cuestiones prácticas (no se lee a Fernando Pessoa solamente para reparar las cañerías). Y condenar la literatura a ser puro entretenimiento es conducirla a la horca en una época donde el cine, las series de televisión o las artes visuales mantienen en el presente una continua dictadura que, bien mirada, nos ha hecho un poco más holgazanes. El cine se ha poblado de contadores de cuentos y un ejército de escritores se apresta para ingresar a sus filas. Por otra parte, leer así nada más, sin esperar algo a cambio es una utopía porque las personas no son sabias a ese extremo y los lectores que a la vez son santos desinteresados se cuentan con los dedos. El asunto se complica cuando se obtienen a tirabuzón doctrinas o guías morales de una novela que no ha sido escrita con ese propósito: si un escritor se propone mostrar a sus lectores determinada porción de la realidad como si los guiara por un supermercado es que confía demasiado en su dominio de la escritura y da por sentado que será comprendido. Seguramente piensa que la realidad es una nada más y que para atraparla sólo debemos abrir bien los ojos. Confía en que el dominio de una mecánica es suficiente para ponerse moralista. Y yo pienso que eso no es posible ni aun en las predicciones más optimistas. El lector no sólo completa desde su experiencia los libros que lee, sino que los inventa, los reescribe e incluso se los apropia para hacer de ellos un uso inadecuado, como cuando un tirano cita a Kant o un escritor que detenta un puesto público dice adorar las obras de Thomas Bernhard.
Es sencillo, hasta cierto límite, probar que una obra de ficción posee varias lecturas, sólo basta tomar una novela que se leyó décadas atrás e intentar comparar la impresión que causaron ambas lecturas. Es un experimento complicado y si tomamos en cuenta que por lo regular nos dedicamos a adornar nuestro pasado con mentiras entonces es también un ejercicio de dudosa certeza, aunque no conozco una mejor manera para mostrar que dentro de cada persona viven decenas de lectores que se contradicen unos a otros. Ahora bien, si en un tiempo considerable el lector se ha tornado distinto o se ha modificado es porque también la obra se ha transformado: la separación entre ambos no sucede jamás y si uno muda de ropa es que el otro lo ha hecho también. A manera de ejemplo cuento que después de veinte años de haber leído La mujer zurda, de Peter Handke, volví a sus páginas hace apenas varias semanas y me encontré con una tímida marca que encerraba entre paréntesis la siguientes palabras: “Su rostro es tan dulce, como si fuera usted siempre consciente de que tenemos que morirnos!”. Es el comentario que hace un hombre a una joven a quien ha seguido por varias calles pues está absolutamente seguro de que debe caer uno en brazos del otro. Reconocí mi subrayado y sé que lo hice yo mismo porque desde niño me gustaba seguir con la vista a una mujer hermosa e inventarme historias en las que ambos éramos los anfitriones. Sin embargo, el resto de las páginas de La mujer zurda me fueron extrañas y no reconocí como mías algunas anotaciones hechas al margen de la página. La conjetura de que una parte de mí ha sobrevivido a lo largo del tiempo me pone nervioso y desearía no hacerme responsable de mis manías pasadas, pero un hilo invisible proveniente del pasado hilvana los recuerdos y las experiencias. Sin la existencia de este endeble hilo conductor sería absurdo creer que una persona es autora de varias obras distintas.
Que la filosofía pueda entenderse como un género literario o como escritura no es una idea novedosa, mucho menos lo es creer que las obras de ficción son una forma de conocimiento desordenado que ofrece noticias sobre el mundo de las cosas y de las costumbres (mucho nos ha descubierto Kafka acerca del absurdo que sostiene los procesos judiciales o Nikolái Gógol sobre la economía de los miserables). Después de soportar estoicamente durante un siglo el positivismo lógico y todas esas secuelas en las que se trató al lenguaje como una máquina sin sustancia o humanidad es justo que la mirada filosófica, extenuada por su necedad de ser ciencia, se detenga, descanse y tome por un momento el rumbo mismo de la literatura. Eso se llama volver a un camino. De hecho, los críticos de la cultura o ensayistas suelen partir de la reflexión acerca de una obra literaria para bosquejar a su modo una zona del mundo de las ideas. Y los escritores hacen lo suyo cuando escriben sin poner en marcha ninguna jerga técnica ni sepultar a los lectores bajo conceptos que de tan escabrosos son inabordables. Los creadores de ética o pensamiento moral, ha escrito Claudio Magris, necesitan de la literatura porque en ésta se narra la épica concreta de la vida. Y como los escritores no están ceñidos a una estructura jurídica o a un conjunto de normas rígidas que los limiten a la hora de observar o contar el mundo que los rodea, pueden obtener de la contradicción, el desorden y la mirada propia un conocimiento que es narrado desde el arte, no desde una ciencia o un método preciso.
Ahora bien, me parece que el conocimiento proveniente de la literatura no posee la cualidad de volverse un dogma —no me imagino a El Quijote como constitución política— y eso es porque el lenguaje no es un conjunto de signos que se deje dominar fácilmente o que represente tan sólo objetos o cosas concretas. El movimiento anímico que producen estos signos no viene de su estar en el tiempo sino de su ser tiempo en todo momento. Y las novelas son una parada real en ese mundo imaginario que es la vida humana. Es muy difícil prescindir de las palabras para mostrar o demostrar la más mínima creencia (incluidos los teoremas matemáticos) y es por ello que la literatura al estar formada de palabras es en sí misma un saber de las cosas que no debería hacerse a un lado, ni tampoco sustituirse por un puñado de conocimientos parciales, especializados y analíticos que habrán de llevarnos de nuevo a la edad de las cavernas. Tengo la impresión de que sin esa noción del todo a la que aspira el desorden subjetivo de cada obra literaria será aún menos sencillo unir o dar sentido a las partes que forman el saber de los hombres. Sí, estoy cierto de que ésta es una conclusión arrogante e incluso parcial, pero no quería hacer evidente que aquella antigua novia se equivocó cuando renunció a la propiedad de sus libros y que yo también lo hice cuando decidí dedicarme a una actividad que aún continúo sin comprender del todo.
Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus libros: Malacara, Lodo y Dios siempre se equivoca.