Víctor Manuel Toledo. Investigador del Centro de Ecología de la UNAM y miembro del consejo editorial de nexos. Este ensayo es una versión reducida del primer capítulo de un libro que bajo el mismo título prepara el autor.
El autor agradece los encuentros e intercambios epistolares con M. Winograd y G. Gallopin (Bariloche, Argentina), G. González (Montpellier, Francia), J. Martínez-Allier (Barcelona, España), T. Adams (Austin, Texas, USA), M. Altieri, (Berkedey, CA, USA) y F. Eccardi, A. Argueta, G. Camara, C. Toledo, E, Ezcurra y P. Moguel (México), provocadores inequívocos de este ensayo.
Aunque parece inminente, la expansión y el predominio global del modelo civilizatorio occidental (materialista, tecnocrático, capitalista) no será, como lo vislumbra la perspectiva triunfal que se nutre de los acontecimientos más recientes (incluyendo la Guerra del Pérsico), un acomodamiento duradero. Por el contrario, existen evidencias de que el acentuamiento y la homogeneización del planeta que pudiera resultar de la consolidación del modelo de Occidente puede dar lugar a más de un fruto deletéreo. Para utilizar la figura de uno de los grafitti más frecuentemente encontrados en las calles de Washington (The American dream is the world nightmare): la consolidación del sueño de Occidente puede convertirse en una pesadilla planetaria. Tres son los fenómenos que más destacan en el entramado de contradicciones que perfila la actual expansión civilizatoria el incremento de la marginación y la pobreza, lo que podríamos llamar la crisis de la condición humana (o de la existencia) en las sociedades industriales, y la crisis ecológica del planeta. Las dos primeras son crisis que afectan de manera parcial o sectorial en tanto que provocan la miseria (material o espiritual) de los seres humanos. La primera se refiere a las necesidades materiales básicas (alimentación, salud, educación, vivienda),(1) mientras que la segunda atañe a las pautas de comportamiento, la edificación de la personalidad, las expectativas percibidas, y la estructuración de las "mitologías personales" por medio de las cuales el individuo logra la socialización de su existencia. La crisis ecológica, por el contrario, es de naturaleza colectiva y como tal afecta y afectará cada vez más a vastos sectores de la sociedad, es decir, será cada vez más una crisis sin fronteras. Mientras que la miseria (de uno u otro cuño) se encuentra focalizada en sectores sociales bien definidos (países agrarios, áreas rurales y porciones urbanas marginadas de un lado, países industriales del otro), la crisis del ambiente en tanto que deterioro de las condiciones materiales (físicas y biológicas) del planeta y por ende de la sociedad y de los seres, es un fenómeno global que llegará a afectar a todos los miembros del actual conglomerado humano. En tal sentido, conforma la única contradicción del actual modelo civilizatorio que alcanza a revertirse a las élites privilegiadas del planeta, la única "fuerza destructiva" imposible de atajar.
El pequeño planeta. La vieja y largamente soñada utopía de los visionarios y futurólogos de la antigüedad es hoy, al cierre del siglo, una realidad incontrovertible. Bajo la innovación tecnológica, el planeta ha sido convertido, por vez primera, en un espacio geográfico reducido a una escala apropiada a las actividades humanas (tiempos, ciclos, percepciones), un fenómeno que ha sido posible gracias a cuatro factores: el vertiginoso desarrollo del transporte, la expansión de las comunicaciones, el ensanchamiento de las transacciones económicas, y por supuesto el crecimiento de la población. Cuando en diciembre de 1986 el Voyager logró dar la vuelta al mundo en sólo nueve días sin necesidad de cargar combustible, no sólo estaba batiendo una nueva marca de la navegación aérea, estaba consolidando varias décadas de un desarrollo tecnológico que hoy permite estar en cualquier punto del orbe en ímenos de 22 horas! Esta reducción de las distancias del planeta a través de la velocidad de los transportadores no sólo permite el movimiento de los miembros de la sociedad, también ha facilitado el transporte de materiales (materias primas, manufacturas, productos industriales) y energéticos (como el petróleo) a través de los diversos sistemas de transporte terrestre y marino.
La globalización de lo humano, es decir la aprehensión y socialización del espacio planetario, es ya un proceso en plena consolidación que obliga a re-pensarlo todo: política, economía, cultura, diplomacia, educación, estilos de vida. La fotografía de la Tierra tomada desde el espacio que nos da por vez primera una percepción directa, no mediada por la interpretación cartográfica del conglomerado de nuestra especie y su habitat planetario, y que hoy aparece lo mismo en los anuncios comerciales que en la portada de un libro o como logotipo de una camiseta, es el anuncio premonitorio del nacimiento de una nueva era. Y esa imagen del globo azul-plateado flotando en el oscuro fondo del universo es también el símbolo que certifica el reencuentro con nuestra condición original. Por vez primera nuestros ojos logran mirar(nos) desde fuera y desde lejos ese diminuto punto azul,(2) otorgándonos con ello una nueva percepción, simiente de una nueva conciencia y de una nueva amenaza.
La nueva conciencia de especie. La conjunción de todos estos eventos ha generado la idea (todavía incipiente) de pertenencia a una categoría superior, y en cierta forma suprema en tanto que metasocial y suprahistórica: la de especie. La cabal adquisición de este estado de conciencia conforma un hecho contradictorio. Por un lado, involucra un retorno a la situación primigenia en la que los seres humanos, todavía social y culturalmente indiferenciados, desprovistos aún de lenguaje, sólo lograban distinguirse del resto de los organismos vivos por sus rasgos biológicos. Por el otro conforma un verdadero alumbramiento, en tanto que, por vez primera, los seres humanos se encuentran e identifican con su generalidad, más allá de sus particularidades de nacionalidad, clase, raza, religión, cultura e ideología. Este fenómeno está surgiendo como consecuencia tanto de los procesos de globalización de lo humano como de la amenaza, consecuencia contradictoria de lo anterior, que se cierne a través de la crisis ecológica del planeta. En ambos casos, una nueva concepción no religiosa ni mitológica de la naturaleza y en general del universo opera como el espejo frente al cual logra erigirse la nueva identidad de especie. Y este ir hacia la naturaleza que parece un retorno, es en realidad un regreso aparente: se ha vuelto a la antigua conciencia de especie y de reconocimiento de la naturaleza pero esta vez provistos de una nueva condición, en un nuevo estadio de desarrollo y con una nueva perspectiva. No es ya aquella miríada de pequeñas unidades sociales (la banda), aisladas las unas de las otras o débilmente emparentadas a través de la circulación de las dotes, los obsequios o las mujeres, separadas por la necesidad de mantener su propia cohesión como organismo social, esparcidas aquí y allá en el ancho infinito de los ecosistemas de la Tierra, sino que son ya todos los seres humanos, agrupados en un solo ensamblaje, mayor, supremo y total y en permanente comunicación unos con otros, los que toman conciencia de su identidad y de esta con la naturaleza. En el fondo, nunca hemos dejado de pertenecer al conjunto biológico que nos distingue en el marco de la naturaleza del resto de los organismos. Pero sólo hasta ahora, tras un período prolongado de fragmentación y diferenciación sociocultural se da el reencuentro. Y al encontrarse de manera consciente con su origen, evento que tuvo que esperar la saturación del espacio terráqueo y su desequilibrio por parte de la población humana, los habitantes humanos del planeta posiblemente descubramos el camino para dirimir y aceptar nuestras diferencias culturales y para superar nuestras desigualdades materiales.
La nueva conciencia de especie no sólo implica una cierta solidaridad con la naturaleza, sino que es también conespecífica (es decir con el resto de los miembros del propio conglomerado biológico) y transgeneracional (los futuros miembros de ese conglomerado). La idea de que el planeta (el resto de los organismos vivos y el ambiente) en que vivimos nos ha sido legado en sus condiciones actuales por las generaciones del pasado, situación que habremos de heredar a las generaciones venideras, constituye una nueva concepción que viene a corroborar tangiblemente la existencia de un torrente histórico. La nueva percepción que surge del carácter global de lo humano así como de los límites biofísicos, hoy transgredidos, del planeta conduce a repensarlo todo, no sólo en términos de lo que concretamente se hace, sino de lo que se hizo y de lo que se hará, rescatando de paso el invisible nudo del espacio y del tiempo. Esto posiblemente encierra la simiente de una nueva moral social y, por supuesto, los imperativos a partir de los cuales estamos obligados a descubrir los principales rasgos de un nuevo periodo civilizatorio, única manera de superar la "contradicción suprema" entre naturaleza y sociedad.
La ebullición ecológica. Pero esta globalización de lo humano que debe festinarse como logro del desarrollo social, ha terminado por desencadenar su propia contradicción llevando a su fin un largo proceso megahistórico de desnaturalización (la humanidad negándose como especie para afirmarse como sociedad). Si hiciéramos nuestra la alegoría de las sociedades frías y las sociedades calientes introducida por Levi-Strauss hace un par de décadas, tendríamos que aceptar que la civilización contemporánea no sólo se encuentra en un momento de temperaturas elevadas, sino que está a punto de alcanzar la ebullición. Hacia el final del siglo XX, el termómetro de la crisis ecológica que cada vez más investigadores y centros académicos del mundo están observando y siguiendo, se encuentra muy cerca de la temperatura crítica, quizá no por encima de los 90°C pero tampoco por debajo de los ochenta. En efecto, por vez primera en la historia de la humanidad existe una amenaza real de carácter global o planetario que se cierne sobre todos los miembros de la especie humana sin excepción. Se trata por supuesto de una "nueva contradicción" de carácter supremo, no visualizada por los historiadores (incluyendo los marxistas).(3) "El desarrollo tecnoindustrial ha ido creando poco a poco una cierta oposición entre las fuerzas productivas y las fuerzas de la naturaleza, una oposición que determinará de una manera decisiva el desarrollo futuro del mundo. De esta forma, la oposición entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción ya no pueden ser consideradas como el único elemento fundamental del desarrollo histórico".(4) La revisión de los diez principales componentes de la crisis ecológica a partir de los datos más recientes extraídos de diversas publicaciones y fuentes de información revela que de no revertirse las actuales tendencias la humanidad habrá de enfrentar una situación de alto riesgo en las próximas dos o tres décadas. Dos hechos contribuyen a fundamentar este panorama: la hipótesis cada vez más aceptada de que el planeta constituye un sistema en un delicado equilibrio del cual forman parte la atmósfera, los océanos, los continentes y por supuesto todo el conjunto de especies que integran la vida (Teoría del Gaia);(5) y la expectativa de que bajo los actuales patrones de uso de los recursos, la población humana, que alcanzará hacia el año 2020 los 8 mil millones de habitantes, no podrá lograr los niveles mínimos de bienestar sin afectar severamente la matriz físico-biológica del planeta.(6)
El encanto de la autosuficiencia. Si algún esquema surge del análisis del actual patrón civilizatorio, éste es el de un todopoderoso sector urbano-industrial, esencialmente depredador, erigido sobre las ruinas de las sociedades rurales (países y sectores) y sobre las cenizas de una naturaleza avasallada. Para ello se ha reproducido en todo el orbe un conjunto de mecanismos (no sólo económicos sino políticos, culturales e ideológicos) que privilegian lo urbano-industrial sobre lo rural y lo natural y que tienden a ocultar toda la secuela de altísimos costos sociales y ecológicos. En esta perspectiva, el modelo civilizatorio contemporáneo aparece como una pirámide cuya porción superior se nutre parasitariamente de los pisos inferiores representados por los sectores rurales y finalmente de la naturaleza. Otra versión topológica muestra un sector central (urbano-industrial) que explota la porción periférica (rural) del organismo social, el cual a su vez dilapida la naturaleza que le rodea y que le sirve como fuente primigenia para su reproducción material. En su expansión, este modelo busca la integración y finalmente la dependencia de todos los espacios sociales y naturales del planeta, para lo cual echa mano de una fórmula secreta: la especialización (ecológica, productiva, conductual). Por tal motivo el actual proceso civilizatorio es esencialmente homogeneizante y, por lo mismo, intolerante a toda expresión de diversidad (genética, biológica, ecológica, cultural o de comportamiento). Bajo la oculta racionalidad de la civilización contemporánea todo aquello que tiende a volver dependientes a los ciudadanos del mundo tiende a ser propiciado, estimulado y adoptado por el conjunto social, de la misma manera que lo opuesto tiende a ser rechazado, despreciado y finalmente eliminado. En uno de sus matices la expresión "desarrollo" significa no sólo integrar a aquellos sectores o núcleos sociales del espacio planetario que se hallan diseminados y aislados sino que, sobre todo, equivale a destruir su capacidad de autosuficiencia material y espiritual, es decir, su habilidad para dotarse por sí mismos de alimentos, energías, agua, instrumentos y otros satisfactores, así como de ideas, inspiraciones, sueños, proyectos de vida. El caso más obvio es quizás el de la energía, la cual por cierto no es consumida ni eficiente ni equitativamente en el planeta. No obstante existir ya una serie de diseños más racionales y menos peligrosos y destructivos desde el punto de vista ecológico, éstos no acaban de desarrollarse e implantarse socialmente porque casi todos atentan contra los patrones sobre los que se asientan las hegemonías contemporáneas. El principal argumento que se esgrime para desechar estos diseños es el de sus altos costos, aunque en la valoración económica de los diseños prevalecientes se escamotean sus efectos destructivos sobre el ambiente, y la salud y la seguridad humanas. Estos diseños "subversivos" tienen la extraña virtud de generar energía a pequeña escala y teniendo como fuente recursos locales (libres o colectivos) no peligrosos (sol, agua, viento, biomasa, desechos, etc.), de tal suerte que su proliferación puede llegar a desplazar en algunas décadas los megaproyectos engendrados bajo los instintos megalómanos de los ingenieros y proyectistas del presente. La lista de estos diseños incluye las pequeñas plantas a base de energía solar o eólica, los generadores comunitarios, las microhidroeléctricas, las pequeñas represas, los automotores eléctricos o de aceite vegetal, los digestores anaeróbicos. Pero su peligrosidad estriba no tanto en sus bondades tecnológicas como en el hecho de que éstos pueden ser la base para una mayor autosuficiencia de los individuos, las comunidades y las regiones, lo cual los dota de una mayor capacidad de negociación frente al poder central y disminuye los efectos de la coerción política. Y son estas nuevas modalidades tecnológicas las que pueden dar lugar no sólo a nuevas actitudes respecto de las formas concretas de vida, sino que pueden reforzar formas descentralizadas de poder político, tales como la capacidad autogestiva de individuos, comunidades, barrios o municipios,(7) así como un reparto equitativo de los satisfactores.
La economía ecológica. La euforia surgida del estrepitoso derrumbe de las sociedades autoritarias con socialismo real y su inminente integración a la economía de Occidente, fue sin duda el oculto resorte que llevó al presidente de los Estados Unidos a declarar enfáticamente en abril de 1990 que "la economía de mercado es una garantía para la conservación del ambiente".(8) Un mes exactamente después de sus declaraciones, cerca de 400 académicos provenientes de 25 países nos reunimos a unas cuadras de la Casa Blanca en las instalaciones del Banco Mundial, para reflexionar durante tres días acerca de las potencialidades de una nueva disciplina: la economía ecológica.(9) El hecho destaca porque una impresión generalizada fue la descalificación tácita de los principios que rigen en las principales corrientes de la economía contemporánea incluyendo, en primer término, la teoría neoclásica. Así por ejemplo, la eficacia de la economía de mercado puede, en efecto, demostrarse siempre y cuando los cálculos se efectúen dejando fuera los costos ecológicos de la producción y la circulación de los bienes. Hoy, frente al cúmulo de eventos amenazando la supervivencia del planeta y de la especie, si algo hay que cuestionar y replantear son tanto los métodos y las bases mismas de la teoría neoclásica como las consecuencias prácticas de la economía de mercado. Esta descomunal empresa teórica es la que han asumido los académicos que hoy se agrupan bajo la cobertura de la nueva economía ecológica.
No se trata de realizar de antemano una descalificación total de la lógica que subyace en la economía capitalista, sino de realizar una decantación rigurosa y con los pies en la tierra de los principios que rigen la economía de mercado y de sus formas de evaluarla (y esto mismo vale para su contraparte teórica el marxismo). Así, se intenta establecer una teoría capaz de conceptualizar y evaluar las "externalidades" ecológicas que surgen de toda economía tales como la destrucción de los recursos naturales, la generación de desechos o los efectos nocivos de carácter global, no sólo como consecuencias actuales sino como efectos trasladados a las generaciones futuras.(10) El deterioro y la destrucción de lo que ya se denomina el "capital natural" es, por ejemplo, un factor que se ha dejado fuera del análisis económico dando lugar a conclusiones equivocadas. Hoy, los teóricos de la nueva economía ecológica intentan agregar al capital y al trabajo los insumos provenientes de la naturaleza (en forma de energía y materia), con lo cual esperan alcanzar formas más legítimas de evaluar el crecimiento económico. Otros investigadores se dedican a formular nuevos paradigmas en las cuentas nacionales intentando redefinir algunos conceptos como el de producto nacional bruto.(11) Por supuesto que en el vértice de la reformulación se encuentra lo que aparentemente es una contradicción irresoluble entre la racionalidad de la economía de mercado y un uso ecológicamente adecuado de los recursos naturales y del ambiente: el intercambio desigual, que es sin duda el mecanismo económico por el cual el capitalismo explota la fuerza de trabajo humano dando lugar a vastos sectores empobrecidos. No se ve tampoco cómo la industria pueda realizar una reconversión ecológica sin modificar sustancialmente sus costos, su margen de ganancias y finalmente todo el mecanismo de acumulación, de la misma manera que no aparecen soluciones efectivas para fenómenos de destrucción de los recursos naturales que no impliquen acciones que nulifiquen o al menos atenúen la concentración de la propiedad y del ingreso en las áreas rurales, así como los mecanismos de transferencia de valor hacia otros sectores. De enorme interés teórico y práctico es el postulado de que bajo el capitalismo el fenómeno del intercambio desigual que ocurre entre sectores sociales (es decir al interior de la sociedad) es reproducido "externamente" durante la producción cuando se efectúa la apropiación de los recursos de la naturaleza. Y en el mismo sentido puede ubicarse la aparente incompatibilidad entre la racionalidad económica capitalista que busca la generación masiva de un solo producto altamente competitivo en el mercado (la mercancía) y la diversidad intrínseca de todo ecosistema (especialmente los del trópico húmedo) y sus propios cielos naturales.
La revolución ecológico-agraria. El impetuoso desarrollo de la investigación que tuvo lugar en las últimas dos décadas en disciplinas tales como la ecogeografía (especialmente en Francia) o la llamada ecología del paisaje (en Alemania y Holanda), sentó las bases para llevar a cabo un ordenamiento de los territorios, es decir, para planificar un uso ecológicamente adecuado de los recursos naturales. En esta nueva perspectiva, la cuestión rural debe ser repensada en todas y cada una de sus dimensiones, incluidos el tamaño y las formas de propiedad agraria, la legislación, la valoración de los recursos y, por supuesto, los sistemas productivos primarios. La profunda crisis que hoy existe como resultado de la aplicación por décadas de sistemas productivos altamente especializados e irracionales desde el punto de vista ecológico (tales como la agricultura impulsada por la llamada Revolución Verde, los sistemas ganaderos extensivos en las zonas tropicales, las pesquerías depredadoras, y los sistemas especializados de extracción forestal), requiere ser enfrentada y resuelta. Además de una nueva estrategia tecnológica, la nueva racionalidad ecológica en el medio rural requiere de nuevas formas de acceso a los recursos, nuevas formas de propiedad, configuraciones no imaginadas en la organización de los productores, una legislación basada en la patrimonialidad y el uso no destructivo de los recursos naturales, y como culminación de todo ello una nueva lógica productiva basada en los principios de una economía ecológica (incluida la autosuficiencia local y regional y un manejo adecuado de los ecosistemas). Se requiere por lo tanto de una verdadera revolución ecológico-agraria, que planifique y ordene el espacio con nuevos criterios y que otorgue a los productores los instrumentos (técnicos, educativos, jurídicos) necesarios para su implementación. De primordial importancia en esta perspectiva es la revaloración de todo el cúmulo de conocimientos, tecnología y estrategias de producción y organización de las culturas campesinas especialmente de las etnias indígenas del Tercer Mundo y de los pequeños productores que aún sobreviven en algunos países europeos (Holanda, Polonia). Como he mostrado en otra parte,(12) las estrategias campesinas de apropiación de la naturaleza son el punto de partida para el diseño de formas adecuadas de manejo de los recursos naturales (incluyendo la agricultura ecológica), acordes con la vocación de los espacios y sobre todo capaces de aprovechar, no de destruir, la diversidad ambiental, biológica y genética del planeta.
La ciudad ecológica. Si hacia 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades, hacia los albores del próximo siglo esta cifra alcanzará nada menos que a la mitad de los seres humanos. Ello significará una descomunal presión sobre los sectores rural y natural en términos de recursos. Dado que las urbes se han concebido como polos de alta concentración de individuos no autosuficientes en alimentos, agua o energía, en el futuro se requerirá un proceso descomunal de extracción, transporte y concentración de estos recursos. Piénsese solamente en el incremento esperado de automotores para las próximas décadas que hoy alcanza ya la cifra de 500 millones y que consume la mitad de la producción petrolera del mundo. Una concepción radicalmente diferente de la ciudad deberá por lo tanto atenuar las diferencias entre ciudad y campo, acercar a las ciudades a la naturaleza a través de la producción, y romper con el estereotipo dominante que especializa al habitante de las urbes y lo condena a ser una especie de "parásito" improductivo. La reconfiguración de la ciudad implica una recomposición de la vivienda (casa ecológica), la creación de formas de autosuficiencia familiar y barrial, nuevos diseños descentralizados de manejo de energía (solar, eléctrica, eólica), reciclaje efectivo de desechos domésticos y, por supuesto, todo un programa de transformación de los espacios naturales (baldíos, parques y jardines) para la producción agrícola, pecuaria y pesquera a través de la implementación de programas comunitarios y barriales,(13) el uso de granjas integrales (que implica el reciclaje de desechos) y de algunas técnicas de producción de alimentos a pequeña escala como la hidroponia. De enorme interés en esta perspectiva ha sido el mantenimiento y aun el renacimiento de los huertos familiares o comunitarios que actualmente existen y aun proliferan en las ciudades de varios países (Holanda, Francia, Hungría, Polonia, Chile, Brasil), y que además de dar ocupación a muchos ciudadanos (especialmente a los de edad avanzada) proporcionan volúmenes nada despreciables de alimentos (verduras y frutales) y flores.(14) Un programa de tal naturaleza permitirá atenuar la presión de las ciudades sobre los recursos naturales y la población rural, además de que disminuiría los gastos económicos en el transporte de alimentos, agua y electricidad, e induciría nuevas formas de organización y de Poder locales.
La crisis de la política. Sin la perspectiva que da la crisis ecológica del planeta "tocando a la puerta", es decir sin la conciencia de los límites de un ciclo civilizatorio, ninguna de las ideologías (o filosofías) políticas contemporáneas, sin excepción alguna, ofrece otra cosa que una modernidad obsoleta. Aun la preocupación internalizada por los gobiernos de la mayoría de los países industriales, y expresada a través del discurso y algunas acciones (eventos, disposiciones legales, etc.) y hecha concreta mediante la creación de nuevos ministerios o departamentos dedicados a la problemática ambiental, no vienen más que a confirmar la noción que se tiene de la crisis ecológica como un elemento residual o secundario de sus políticas. Frente a ello, un poderoso fenómeno de concientización acerca de la crisis ecológica tiene lugar de manera subterránea en la mayoría de las sociedades industriales (incluyendo la Unión Soviética y Europa del Este) se expresa en la proliferación y multiplicación de los grupos sociales involucrados en su resolución. En los Estados Unidos, por ejemplo, encuestas recientemente realizadas(15) indican que de un total de 250 millones de habitantes, cerca de 190 millones se consideran ellos mismos como ambientalistas y están dispuestos a involucrarse en algún tipo de acción de defensa del ambiente (incluyendo más impuestos), en tanto que más de 120 millones declaran haber hecho algún donativo en pro de la naturaleza, y 40 millones confiesan participar en alguna organización ambientalista. En Europa, los sondeos realizados en 12 países durante 1988 reflejan una situación similar puesto que entre el 60 y el 85% de los encuestados consideraron que la protección del ambiente es un problema urgente e inmediato.(16)
Este vacío de alternativas políticas a la altura de las circunstancias actuales del planeta, están de alguna forma impactando todas y cada una de las actividades humanas contemporáneas, y están dando como resultado un cuadro general de escepticismo (si no es que de desesperanza) hacia la mayoría de los partidos políticos y sus líderes (prueba de lo anterior son los muy altos índices de abstencionismo en varios países incluyendo a los Estados Unidos). Y esta ausencia de propuestas realmente modernizadoras, son percibidas por los ciudadanos del mundo quienes hoy desconfían como nunca antes de los discursos, las promesas y las visiones de los políticos convencionales, de la misma manera que responden de inmediato a los planteamientos políticos de protagonistas (partidos y dirigentes) inéditos y aun sin experiencia. La agudización de la crisis ecológica en la escala planetaria y, sobre todo, el reconocimiento del fin de un pulso civilizatorio, deberán inducir en el mediano plazo una nueva y vigorosa corriente de pensamiento y acción políticas. En ello jugarán un papel determinante tanto el análisis teórico y la reflexión crítica de la nueva realidad contemporánea, como la experiencia ganada por los sectores más avanzados del movimiento político ecologista (como die Grünen en Alemania), hoy todavía en una etapa incipiente y marginal, e influidos aun por el oleaje de pesimismo que en estos días domina el mundo.
Para utilizar las palabras de Bernard Cassen, escritor francés, "la alternativa ecológica, la única que puede asegurarle un porvenir al planeta, no se impondrá por sí misma. Cuestionando la jerarquía de valores sobre los que está basada la sociedad mercantil se tendrá que enfrentar con la potencia suicida del dinero y la extensa cauda de ideologías que inspira. La carrera entre la subida de las arenas y el despertar de una conciencia planetaria de la solidaridad humana y de la naturaleza ya ha comenzado."(17)
(1) El número de personas que viven en extrema pobreza en el mundo ha pasado de 819 millones en 1980 (Simonis, E.U. 1990, Estrategia de desarrollo internacional, sociedad y política, Universitas 28 [1]: 33-38) a 1116 millones (según los cálculos conservadores del Banco Mundial) o 1225 millones (Durning, A.B., 1990, Ending poverty. En: State of the World 1990. Worldwatch Institute, Washington DC) en 1989/1990. De acuerdo con la CEPAL, en Latinoamérica el número de pobres se estimaba en 183 millones hacia 1989, es decir, 71 millones más que al inicio de los setentas. De seguir estas tendencias hacia el cierre del siglo, 1000 millones de seres humanos no tendrán condiciones sanitarias mínimas, y 500 millones no dispondrán de agua potable (World Resources Report 1990-91, Oxford University Press: 8).
(2) Un cable de la Associated Press proveniente de Washington (junio 7, 1990) afirmó: "Visto desde una distancia de 3800 millones de kilómetros, el planeta Tierra es un diminuto punto azul, de acuerdo con una fotografía tomada en febrero por la nave espacial Voyager I, que se desplaza a gran velocidad hacia los confines del sistema solar..."
(3) Se trata en apariencia del megaproyecto histórico (incluso por encima de los procesos de longue dureé reconocidos por Braudel), por el cual la humanidad ha vivido una necesaria aunque violenta separación de la naturaleza que la ha afirmado como sociedad pero la ha negado como especie, una tesis que ha sido central en el pensamiento de Marx (Schmidt, A. 1976, El concepto de la Naturaleza en Marx, Siglo XXI), y que como habré de mostrar en un próximo ensayo hoy puede convertirse en una tesis de enorme importancia teórica y política.
(4) La cita es de Gunnar Skirbekk (1974, Marxisme et ecologie, Esprit 440: 643-652), cuya tesis principal (el análisis del concepto de "las condiciones de producción" empleado por Marx) ha sido retomada por James O'Connor más de una década después (1988, Capitalism, nature, socialism: a theoretical introduction. Capitalism, Nature, Socialism. A journal of Socialist Ecology 1: 11-38) para fundamentar el concepto de una "segunda contradicción del capitalismo", en franca coincidencia con la idea de una "contradicción suprema" entre naturaleza y sociedad (véase nota anterior).
(5) La teoría del Gaia (nombre que recibó la antigua deidad griega de la Tierra), postulada hace más de veinte años por J.E. Lovelock, y hoy plenamente aceptada por la comunidad científica como una nueva "ciencia de la biósfera", establece que la temperatura y la composición de la superficie de la Tierra se encuentran activamente reguladas por su porción biológica, y que los principales cambios atmosféricos (tales como la composición de los gases, la temperatura o la oxidación) tienden a ser atenuados a través del crecimiento y el metabolismo de los seres vivos. De entre la cada vez más abundante literatura sobre el tema se recomiendan: Margulis L. et al. (Eds), 1990. Global Ecology, towards a science of the biosphere, y Myers, N. (Ed), 1984, Gaia: an atlas of planet management. Anchor Books.
(6) Se estima por ejemplo que el consumo mundial de energía (que en un 80% proviene del petróleo y otros combustibles fósiles) se incrementará entre un 50 y un 60% hacia el año 2010 (Davis, G. R. 1990, Energy for planet earth. Scientific American 263 [3]: 21-27), lo cual significará una mayor contribución al calentamiento global del planeta (efecto invernadero). Por otro lado, no existe seguridad de que la producción de alimentos alcance a satisfacer, bajo los actuales patrones de producción, a una población como la esperada en las próximas dos o tres décadas, puesto que ya en la actualidad los volúmenes de granos comienzan a declinar, la producción pesquera está a punto de máxima cosecha posible (100 millones de toneladas métricas anuales), y la mayoría de los sistemas ganaderos son enormemente ineficientes y ecológicamente destructivos.
(7) El movimiento municipal está hoy tomando un auge inusitado en países como España, Francia, Brasil o Colombia.
(8) La Jornada, jueves 19 de abril de 1990, pag. 24
(9) El evento, que fue convocado por la nueva International Society for Ecological Economics, con la colaboración del Banco Mundial y otras muchas agrupaciones, tuvo lugar del 21 al 23 de mayo de 1990 bajo el título de "The Ecological Economics of Sustainibility". Los resúmenes de las ponencias fueron publicadas por el Banco Mundial (Environment Working Paper, no. 32, junio, 1990).
(10) Véase J. Martínez-Alier, Ecological Economics. Blackwell, Oxford, 1987 (versión española publicada por el FCE, México); y del mismo autor: Economía y ecología: cuestiones fundamentales. Pensamiento Iberoamericano 12: 41-60, 1987.
(11) Véase Lutz, E & S. El Serafy. Environmental and resource accounting: an overview, Environment Department Working Paper, no. 6., World Bank, 1988. Repetto, R. et al., Wasting Assets: Natural Resources in the National Income Accounts, World Resources Institute, Washington, DC. 1989.
(12) Toledo, V.M. La sociedad rural, los campesinos y la cuestión ecológica en: J. Zepeda (Ed), Las sociedades rurales hoy: 273-285, El Colegio de Michoacán, 1988. Toledo, V.M. "Ecología e indianidad", México Indígena 13: pp. 16-22, 1990. Toledo, V.M. The ecological rationality of peasant production en: M. Altieri & S. Hecht (Eds), Agroecology and Small Farm Development, CRC Press, 1990.
(13) En esta idea del nuevo concepto de agrópolis (véase Sachs, I., Foro del desarrollo, febrero/marzo de 1985).
(14) Véase Page, D. Growing hope in Santiago's urban organic gardens. Grasroots Development 10 (2): 38-44, 1986. Borrell, J. Small patches of paradise, Time (julio 17 de 1989): 48.
(15) Las encuestas fueron realizadas por el New York Times, USA Today y Gallup (véase: Buzzworm, The environmental journal. nov/dic. 1990: pag. 4).
(16) Anónimo, La Comunidad Económica Europea y la protección del medio ambiente, Documentos Europeos 4/90 (abril de 1990). Comisión de las Comunidades Europeas, 11 pp.
(17) Le Monde Diplomatique: La planete mise a sac. Maniere de voir 8, mayo, 1990, pp. 96-97.