Nahua ludens
Serge Gruzinski
Alfredo López Austin. Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas. 2 Vols. México, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas.
Christian Duverger: L'espirit du jeu chez lez Aztéques París-La Haye-New York, Mounton, 1978 (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, Centre de Recherches Historiques).
El último libro de Alfredo López Austin quedará, es casi seguro, como un texto fundamental en la historiografía mexicana.
Se trata de un estudio sobre el universo mental de los Nahuas a partir de las representaciones del cuerpo humano; abarca más de 800 páginas distribuidas en dos tomos. El segundo de ellos entrega una reunión de péndices y constituye por sí solo un magnífico instrumento de trabajo, fruto de una excepcional erudición. Las notas que siguen no se detendrán en esta parte, ni en el método, que se basa en el análisis filológico y el estudio semántico de las fuentes históricas, completados por una utilización pertinente de los datos etnográficos; sin embargo, debe enseñarse que el autor enfoca constantemente sus análisis desde una óptica marxista que busca evitar tanto las trampas de la historia de las ideas como las de un materialismo primario.
EL CUERPO: RELACIÓN Y FUNCIONES
Según López Austin, el estudio de las representaciones del cuerpo permite recorrer detenidamente tres campos del pensamiento náhuatl: la medicina a través del examen de las teorías etimológicas y terapéuticas; la taxonomía, a partir de los sistemas clasificatorios basados en el cuerpo humano, y la ideología. En efecto, resulta imposible disociar la concepción del cuerpo humano de la representación de la sociedad, de la naturaleza y del cosmos. "El cuerpo -señala el autor- es núcleo y vínculo general de nuestro cosmos, centro de nuestras percepciones, generador de nuestro pensamiento, principio de nuestra acción y rector, beneficiario y víctima de nuestras pasiones".
Al iniciar su estudio, López Austin bosqueja una síntesis de la cosmovisión náhuatl, insistiendo en algunos principios básicos como la dualidad (la "originaria división dual" del cosmos), la ambivalencia de los seres y de las cosas y la comunicación incesante que une cielo e inframundo. De hecho, las fuentes oficiales consignan la representación de un universo caracterizado por su "sólida geometría, resultado de la búsqueda de un orden totalitario", orden que se pretendía imponer más por medios ideológicos que por el recurso de la fuerza física. Así llegamos a un estudio sumamente detallado de las diferentes partes del cuerpo, basado en las terminologías de Sahagún y Molina, que desemboca en un panorama general del cuerpo humano, de sus funciones y relaciones. Es interesante observar como el sistema de clasificación náhuatl difiere de los conceptos europeos de la época y obedece a criterios específicos que sería demasiado largo exponer aquí. Este análisis nos lleva al elemento clave de la obra: la descripción de los centros y de las entidades anímicas, o sea de las fuerzas vitales y de los lugares del cuerpo que ocupan: "distribuidos en todo el organismo, pero concentrados en la cabeza, en el corazón y el hígado, existen tres fluidos vitales. Corresponden a los centros anímicos mayores sendas entidades: a la cabeza, el tonalli; al corazón, el yolía, toyolía o teyolía y al hígado, el ihíyotl... Las tres entidades deben operar armónicamente para dar por resultado un individuo sano", que intenta ser la "síntesis ordenada y estable del universo" y debe responder en términos de equilibrio a las desigualdades mayores, ya sean de edad, de sexo o de poder. El desequilibrio y la perturbación del organismo pueden también proceder de otros factores, el parto, el cansancio, las transgresiones sexuales o el antojo; de allí la necesidad constante de mantener o restablecer el equilibrio, de preservar este concierto usando medios muy variados: una dieta adecuada, ciertos medicamentos reguladores de la relación entre el frío y el calor, y hasta la confesión ritual pueden contribuir a restaurar la necesaria armonía del individuo con la divinidad, el grupo o la familia.
LA EDAD Y EL SEXO
Los peligros de origen natural o sobrenatural que enfrentaba el individuo dependían mucho de su edad, o más bien de la significación que los nahuas atribuían a las sucesivas etapas de la vida. Así, por ejemplo veían en la niñez un periodo de pureza y de extrema debilidad, mientras la vejez era totalmente ambivalente, la fuerza del tonalli podía hacer del anciano tanto una persona cargada de honores y responsabilidades como un ser irremediablemente degradado. Por otra parte, estas sociedades parecen haber dedicado mucha atención a todo lo que se relacionaba con el sexo. En su mente la cópula correspondía a la doble salida del tonalli y del ihíyotl, y eso multiplicaba para la pareja los riesgos de muerte y de enfermedad, sobre todo cuando la actividad sexual era excesiva o desviada de sus fines procreadores (coito interrumpido, poluciones nocturnas). Sin embargo, sería erróneo pensar que se estigmatizaba el acto sexual; al contrario, se buscaba lograr -una vez más- un justo equilibrio entre la abstinencia y el exceso, procurando que ambos extremos favorecieran el equilibrio orgánico.
El examen de las relaciones sexuales aceptadas o prohibidas y el valor de la procreación ponen de relieve algunos de los principios rectores de la vida sexual de los nahuas. Estos serían, además del justo medio que acabamos de mencionar, la preocupación por la densidad de la población, la exaltación del matrimonio monogámico (en detrimento de los marginados sexuales, adúlteros, homosexuales y otros), así como las barreras y distinciones elevadas entre jóvenes y adultos y ante todo, entre nobles y plebeyos. Las observaciones de López Austin parecen acercarse a algunas de las ideas desarrolladas por Michel Foucault en su Historia de la Sexualidad: es muy probable que los grupos dominantes nahuas hayan intentado desarrollar una especie de sexualidad de clase, es decir -según los términos mismos de Foucault- que hayan intentado "darse un cuerpo, asegurarse la fuerza, la perennidad, la proliferación secular de ese cuerpo mediante la organización de un dispositivo sexual". Así, los pipiltin, jóvenes y mujeres, llevaban una vida sexual si no más reprimida, por lo menos mucho más reglamentada que la de los macehuales, dado que lejos de poder despilfarrar su tonalli, los primeros debían mantener una "considerable superioridad anímica frente a los macehualtin".
Es necesario detenerse en los capítulos dedicados a la muerte y al cosmos, y destacar una o dos ideas particularmente relevantes, a saber, la relación entre el comportamiento terrestre y el destino del muerto "la suerte de los teyolía dependía a la vez del tonalli, de la elección de los dioses y del comportamiento del hombre" y la definición de la sobrenaturaleza. En efecto, para el hombre víctima de múltiples agresores sobrenaturales, o a su vez nahual y explorador de un más allá bajo los efectos de la droga y del sueño, ¿qué significaba lo que denominamos un poco rápidamente "sobrenatural"? Era un sector imperceptible pero regido por los mismos principios que el perceptible, escondido a la mirada del hombre y, sin embargo, dotado de "una realidad tan presente, tan inmediata, tan cotidiana" como la de la existencia normal.
De estas incursiones en el campo del sexo, de la muerte y de lo sobrenatural, en el ámbito de la enfermedad o de los destinos, se desprende progresivamente la imagen de una sociedad donde el control del individuo a través de su cuerpo -o más bien la voluntad de controlarlo- desempeña un papel esencial: "el conjunto de concepciones relativas a la constitución y funcionamiento del cuerpo humano constreñían al individuo por vías precisas que ofrecían muy limitadas posibilidades de acción espontánea". Este control se ejercía por medio de numerosas técnicas, desde la interiorización precoz de los valores familiares en el sistema escolar -en manos del clero del poder central- hasta el recurrir constante a los "sacerdotes proveedores de avisos, discursos y ritos". Entraban también en juego los castigos físicos, el aparato judicial y el repudio social. Fundado en el deseo de preservar la salud y la integridad del cuerpo humano, este conjunto de presiones y de medidas representaba una intervención ideológica continua en la vida del individuo desde el nacimiento hasta la muerte. Más aún, parece haber sido la expresión privilegiada de un poder muy débil en otros aspectos. Sin embargo, a diferencia de Foucault, López Austin hace del poder el instrumento de unos especialistas, los pipiltin, los nobles que afirmaban su hegemonía a través del acrecentamiento progresivo de sus fuerzas anímicas. No es mera casualidad que los gobernantes, tlatoani o tecuhtli, reunieran en su cuerpo el fuego divino y con la deidad tutelar del pueblo, o que los demás miembros del grupo dirigente sometieran sus cuerpos a una disciplina ascética y sexual cuidadosamente programada. De manera simétrica, las capas mas bajas de la población, los esclavos, eran seres disminuidos en sus entidades anímicas, el tonalli y el teyolía. Por eso cualquier cambio de estatuto social exigía celebrar un rito de modificación de la naturaleza corpórea, acto que sólo los gobernantes podían llevar a cabo.
Así la era del "biopoder", iniciada en la Europa del siglo XVIII, no sería exclusiva de la civilización occidental como lo pretende, un poco rápidamente, Michel Foucault, pecando por exceso de etnocentrismo. Al parecer ya se esbozaba en las sociedades nahuas, poco antes de la Conquista, la constitución de un poder apoyado "en diversas disciplinas y técnicas numerosas para obtener la sujeción de los cuerpos y el control de las poblaciones". He aquí una "modernidad" frente a la cual la sociedad de los Conquistadores parece muy arcaica, por lo menos en ese aspecto.
IDEOLOGÍAS Y CLASIFICACIONES
Conviene volver a señalar dos cuestiones teóricas relevantes que toca el libro: el estudio de la ideología y de los sistemas clasificatorios en las sociedades históricas. Para reconstruir la cosmovisión de los antiguos nahuas, López Austin utiliza una red marxista que podrá o no convencer. Sin embargo, me pregunto si otras aproximaciones no ofrecerían una lectura más adecuada de estos sistemas; pienso por ejemplo, en los análisis de Régine Robin, que distingue entre discurso e ideología (Histoire et Linguistique, Paris, Armand Colin, 1973), o en los trabajos del antropólogo Marc Augé sobre la "ideológica" o lógica de las representaciones como "condición e instrumento de la práctica interpretativa en una sociedad" (Théorie des pouvoirs et idéologie, Paris, 1975). Por otra parte, en otro orden de ideas, al leer las páginas que el autor dedica a la constitución de las fuentes históricas, o este complejo proceso de recopilación promovido por los franciscanos, no puedo dejar de mencionar las teorías de otro antropólogo, Jack Goody, que atribuye una influencia decisiva al uso de la escritura y al empleo del alfabeto en la evolución de las clasificaciones (The Domestication of the Savage Mind, Cambridge University Press, 1977). Esta revolución técnica Permitió a los indígenas establecer y organizar listas de vocablos, introduciendo orden y sistematización donde prevalecían la ambigüedad y la ambivalencia, y no es del todo descartable que este proceso haya modificado las representaciones del universo que nos transmitieron. Pero baste aquí con plantear la cuestión, una entre las muchas que sugiere la lectura de esta valiosa obra.
EL ESPÍRITU DEL JUEGO
Mientras López Austin parte de la representación del cuerpo, Christian Duverger se interesa en el juego para desembocar también en una interpretación global de la cultura y de la sociedad mexica. Describe los principales juegos, el tachtli (juego de pelota), el patolli (juego de fortuna) y el volador, con un lujo de detalles que busca no tanto la explicación unívoca, sino restituir una complejidad y una variedad demasiadas veces desplazadas por los especialistas. Acumulando precisiones sobre la forma de los campos, el número de jugadores, su equipo y los mojones, el autor subraya el hermetismo de las reglas y, por falta de un término nahuatl que designe el juego, emprende el análisis de su contexto y connotaciones, en especial el de tres símbolos que son la flor, el movimiento y el conejo. Eso permite a Duverger establecer una articulación entre elementos tan dispares como la flora, los astros, las divinidades, los rituales, el alcoholismo y hasta la sexualidad. Así, por un camino muy diferente del que sigue López Austin, llega a precisar elementos básicos de la cultura mexica, desde la importancia de las diosas madres a la difusión del alcoholismo o la represión de la sexualidad. Más allá de las oposiciones rituales, de la reorganización del panteón divino o de las desviaciones sexuales y alcohólicas, Duverger pone de relieve los indicios de la lucha victoriosa de un pueblo nómada, venido del norte -los aztecas- contra poblaciones autóctonas meridionales o periféricas, dedicadas a la agricultura y practicando cultos lunares y chtoniens.
LA FLUIDEZ DEL UNIVERSO
La interpretación que propone Duverger de la cosmovisión náhuatl es totalmente opuesta a la de López Austin, y se reduce a dos principios: la conservación de la energía y la fluidez de los contrarios. Tanto la obsesión del cataclismo como la conciencia aguda de una continua pérdida de energía constituirían la herencia de las incertidumbres y de los vagabundeos que conocieron los Aztecas a lo largo de su peregrinación en los desiertos del norte. De allí surgen el odio hacia el despilfarro lúdico y el ostracismo que afecta al jugador, de allí también la máquina compleja del sacrificio que correspondería a una liberación controlada de las energías vitales, que debe "revivificar los ciclos naturales" y que, de hecho, no hace más que adelantar el plazo de la catástrofe. A esta teoría del sacrificio el autor incorpora su interpretación del juego como ritual de un presacrificio donde la víctima alcanza un estado de fatiga y entorpecimiento; en ese mismo instante, después de los ayunos, de las vigilias y de las danzas, interviene el juego (del gladiador o de pelota) con el fin deliberado de "perturbar el equilibrio sicológico del condenado... de estimular el organismo antes de sacrificarlo, para captar mejor sus emanaciones energéticas". Ahora bien, ¿cómo interpretar la completa ausencia de juegos de competencia entre los mexicas? El autor la relaciona con una concepción del individuo enteramente sometido a su destino y sumergido en la "cohesión totalitaria" del grupo. Más adelante expone una concepción del universo que, en vez de fundarse en la oposición antitética o antinómica, privilegia la fluidez continua de los contrarios, de los sexos y de los reinos, tanto animal como vegetal. Es ésta una fluidez que excluye las "escisiones potencialmente conflictivas" y, por vía de consecuencia, la competencia y sus expresiones lúdicas. Buscando eliminar el azar y el individualismo, esta civilización del alarde y de la ostentación multiplica los mecanismos de acondicionamiento, integración y recuperación, perfeccionándolos a lo largo del siglo XV.
Historia de las mentalidades, socio-analyse y reflexión filosófica, el estudio de este alumno de Jacques Soustelle seduce y a la vez desconcierta. Aunque carece de la claridad y del rigor que impregnan la obra de su colega mexicano, expresa un pensamiento original y estimulante que se une al de López Austin cuando recalca la especificidad y la actualidad de las sociedades nahuas: al intentar trasladar la energía individual al servicio de la comunidad, "la integración social, por la fuerza del destino y de sus signos tonalli) alcanza el umbral del totalitarismo: la existencia del Uno sólo se hace posible dentro del Todo. La única entidad que logra imponerse como marco de vida es la sociedad estructurada y jerarquizada que puede crecer porque canaliza en su provecho las fuerzas individuales"(*)
(*) C. Duverger, La fleur létale. Economie du sacrifice azteque., Paris, Le Seuil, 1979, p.216.