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01/04/2012
Un manual para lectores de historietas
Armando González Torres ( Ver todos sus artículos )
 
 

Iba a la mitad de la primaria cuando, conocedora de mi afición a leer y escribir historietas, una amiga de mi madre me regaló un libro que se llamaba Cómo ser escritor. El manual contenía consejos simples para escribir narrativa y poemas, pero yo lo atesoré como un compendio que me revelaba un secreto y me otorgaba una insuperable competencia profesional. La vocación que no sé cómo había adquirido (no provengo de una familia libresca) se arraigó más tenazmente: los años siguientes me convertí en un escritor monstruoso que lo mismo era capaz de utilizar el sonsonete de las rimas de Bécquer para fabricar poemas patrióticos, que garabatear, con retazos de Sartre e imaginería sicalíptica, una novela erótico-existencialista, o esbozar un poema épico-experimental denominado “Armando-Quetzalcóatl”.

Armando

Lamento la confidencia de estas precoces desmesuras, pero lo cierto es que ese manual no sólo me hizo perder el temor al ridículo literario, sino que también me inició en ese espíritu sistemático que toma apuntes, hace esquemas y corrige abundantes borradores. Y es que, acaso, el trabajo literario requiere un equilibrio entre regocijo creativo y recogimiento, entre originalidad e imitación, entre desmesura y concisión, entre éxtasis y escepticismo. Lo extático, que mantiene la tensión y la motivación; lo escéptico, que permite el rigor de los ordenamientos, las arquitecturas y el pulimiento.

Trato de reproducir siempre ese delicado equilibrio y si bien no tengo temor a la hoja en blanco y soy capaz de escribir a presión y concentrarme donde sea, mis escritos no perentorios nacen de una larga sedimentación de experiencias y procesamiento técnico. La intuición aparece primero; luego, la documentación, el encadenamiento de ideas o imágenes, la obra negra con sus numerosas expansiones y contracciones del material y los acabados finos que a veces suelen demorar tanto como la hechura total. Paso entonces muchas horas frente al teclado y descanso haciendo adobes: a las jornadas agotadoras de trabajo las sucede, como insólito remanso, la confección de una reseña o la manufactura de una prosa de capricho.

Como material para la escritura me sirve todo: el eventual trabajo de campo en los bajos fondos, la ardua exploración en la biblioteca, la reminiscencia pánica de un sueño, la plática de un taxista o la observación incidental durante una caminata. Así como en la escritura me inclino por la frecuentación diletante de todos los temas, tonos y géneros, también me inclino por la ingestión omnívora de todo tipo de lecturas. El leer con un desorden calculado, el salir de las zonas de confort literarias o evitar las especializaciones estrechas me ha permitido explorar otras dimensiones de la inteligencia y la sensibilidad y muchos de mis autores dilectos no provienen del panteón consagrado de la literatura, sino de los géneros menores o de los territorios aledaños de la filosofía, la psicología o la medicina.

Los géneros que cultivo se vinculan y alimentan mutuamente en un laboratorio que mezcla con armonía sus elementos antagónicos: a veces, una idea deviene demasiado lírica o la lírica se vuelve ideática o conviven las invenciones literarias y el fragmento filosófico. De hecho, cuando escribo, no pienso en el género, pues el encorsetamiento conduce a inhibirse o impostarse, a practicar convenciones y retóricas que entorpecen la circulación natural de una escritura.

Mi máxima aspiración es algún día impregnarle a lo que escribo un matiz que sepa, al mismo tiempo, a descubrimiento y homenaje, a ebriedad y a sobriedad, a disipación y a ascetismo. Ello exige tanto una convicción artística sólida y cierta temeridad, como disciplina y esfuerzo metódico. Por supuesto, adoro la vida social de la literatura, el diálogo, la camaradería y la noche bohemia, pero el proceso creativo requiere austeridad y adiestramientos fatigosos que aconsejan también periodos de apartamiento. Por eso, la necesidad de la organización del tiempo y del establecimiento de jerarquías entre las distintas actividades (en mi caso las sesiones de ejercicio y el trabajo de oficina me ofrecen un contrapeso a la faena literaria). Mis dilemas recurrentes aluden a esas medidas y ponderaciones: ¿cómo combinar la búsqueda de presencia pública con la reserva y soledad indispensables para albergar proyectos de largo plazo? ¿Cómo combatir la precipitación y complacencia al escribir, sin caer en la esterilidad? ¿Cómo evitar aislarse de manera resentida, pero no malearse ni corromperse en las relaciones superficiales y en las complicidades literarias? Y es que la escritura no desdeña el reconocimiento y las recompensas, aunque su retribución esencial es el acto mismo de escribir, esa sensación fugaz de plenitud que se alcanza en una frase afortunada o en una revelación. Por eso, la paciencia, la constancia, la tolerancia a la frustración, la fe en la gracia de las letras y su poder de comunión son fundamentales para mantener ese entusiasmo interior tan difícil de adquirir y tan fácil de vulnerar.

Armando González Torres.
Poeta y ensayista. Entre sus libros: La pequeña tradición y Sobreperdonar.

 

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