Caminar Barcelona, subir a la montaña por Gran de Gracia, luego avenida República Argentina, llegar a Collserola, caminar un trozo de la Carretera de les Aigües, atestiguar desde ahí a la ciudad y al mar, bajar por Vía Augusta, entrar a Gracia y acabar, con los pies exhaustos pero la mente oxigenada, en una librería del Eixample: esto es un buen sábado de otoño.
Una vez más ojeo los libros, nunca el mismo, siempre igual ritual, igual regreso de las viejas impresiones. A lo largo de los años he encontrado poesía contemporánea en catalán que evocaba lo que parecía innombrable hasta que los horizontes de la lengua, poseyendo a un poeta, permitieron el milagro de nombrar así: dicho, vivo y para siempre. Lo mismo es cierto en castellano o en francés o en portugués. Lo que me asombraba en Barcelona es lo mucho que no me deslumbraba la mayoría de la prosa en catalán. No es mala, puede ser excelente. Inclusive, algunas novelas me han sorprendido como monumentos a bellos lenguajes locales —Villalonga y el lenguaje de Mallorca, Sales y el aragonés o Moncada y el lenguaje de las tierras del Ebro—. Pero no hay novedad para un lector de lengua castellana, me parece otra manera de decir lo que es visible y narrable en castellano ibérico. Lo mismo me parece el catalán de los medios, la prosa de los periódicos, la retórica política y académica. No, no hay nada de ruin o impropio en ello, pero imposible pasar por alto que la prosa que ojeo es como hablar castellano peninsular en catalán. Mismas expresiones, igual sintaxis, verbos similares… pero en catalán. Hablo de una metamorfosis parecida, pero más aguda, a la que el inglés sufriera hace siglos al desgermanizarse y latinizarse vía el francés. Ya no suena a alemán. Tanto tiempo ha vivido la lengua pegada, si se quiere, sometida al castellano, que con todas sus sutilezas (las cuales, me dirán los que saben, no detecto) se ha vuelto de otro modo lo mismo. Josep Pla, claro, es sin duda sorprendente, ironía catalana si las ha habido, mala leche y fingida inocencia, un ver de una manera que nadie más ve… y está en catalán. Pero esa prosa es excepción y es más que catalana —la apariencia de pagés (campesino) de Pla es una impostura tan sofisticada como los huipiles de Frida Kahlo—. En suma, camino y concluyo lo obvio: que es en la poesía, en su rigurosa edificación, donde habita la sorpresa de una forma de ver que no poseo por no ser poeta y por no ser catalano-hablante. Nada de raro hay en ello: en los poetas se guarda el misterio último de las lenguas.
Vuelvo a la calle, al sábado, al otoño, al vicio de caminar Barcelona. La verdad es que cuento con una sola lengua materna y un único caminar innato; recorro otras ciudades con los pasos aprendidos en mezcolanza entre La Piedad, México y Barcelona. Camino otras ciudades sin dejar huellas, tan sólo un rastro tenue de unos pies aquerenciados. Mi amor incondicional y perenne por Barcelona es mi incapacidad de despojarme de ella. La habito y la quiero, me quiero; la vivo y la odio, me odio. Me alejo y la alargo, tan pegada al pie la traigo. Es tan imposible ser ella como deshabitarla. Cual la amante a la que, en el clímax, la bautizamos descuidadamente con el nombre de la ex, Chicago se indigna porque camino sus calles con un andar ajeno, pérfido.
Mauricio Tenorio Trillo. Historiador. Miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y de la División de Historia del CIDE.
Jordi López Bonet - 05/02/2012 05:16:25
Probablemente tiene vd.razón en la crítica, algo injusta, que hace de la prosa catalana aunque no sé si vd. la aplicaría también a la prosa de Espriu, Mercè Rodoreda o Quim Monzó.
Pero, si no me equivoco, hoy en día tal crítica podría extenderse a muchas otras lenguas, ya que, en la actualidad, todas ellas tienden a uniformizar sus vocablos y sintaxis. Dicen que una lengua destila una manera propia de ver la vida y el mundo, pero a menudo me ha sorprendido la constatación de lo mucho que se parece la descripción de la realidad, las percepciones y los sentimientos hecha a la luz de la prosa moderna de las lenguas que conozco (unas más que otras, desde luego): catalán, castellano, francés, italiano, portugués y también inglés, (más el de USA que el del UK). Y pienso que, tal vez para desgracia del ser humano, es lógica esta uniformidad en la visión del mundo de hoy en día, en el que las traducciones son realizadas por los programas informáticos y donde la información viaja incesantemente de un lado para otro a la velocidad de la luz, muchas veces sesgada y filtrada por los intereses de los imperios mediáticos, económicos o políticos. En la actualidad todas las prosas empleadas en los medios de comunicación de todo el mundo tienden a decir prácticamente lo mismo y del mismo modo. Y creo que la prosa literaria no se escapa a esta tendencia uniformadora. Y si la visión del mundo y de la vida se uniformiza, las lenguas tienden a uniformizarse.
Otra cosa es la manera de ser, el talante, el tarannà, como se dice en catalán. Yo creo que el talante se percibe en el escritor y no en la lengua escrita (tal vez sí en la hablada). Pero, seguramente, este es un tema distinto.
Saludos desde el barrio de Les Corts de Barcelona.