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01/08/2011
Recuerdo de Sánchez Vázquez
Ernesto Priego ( Ver todos sus artículos )
 
 

“El exiliado vive siempre escindido: de los suyos, de su tierra, de su pasado. Ya a hombros de una contradicción permanente: entre una aspiración de volver y la imposibilidad de realizarla. Tiene por ello su vida un tinte trágico…”

—Adolfo Sánchez Vázquez (1977)
en Del exilio en México, 1997


Qué difícil es escribir sobre los muertos. Escribir sobre alguien siempre implica la posesión de un privilegio; de un conocimiento específico y por lo tanto de una autoridad. Hay, por supuesto, quienes no lo ven así, y escriben sobre esto y aquello, sobre las vidas de otros como si fueran suyas. (Es curioso, por ejemplo, el término en inglés “ghost writer”, usado para referirse a aquellos que por un precio escriben como suyas las memorias de otros más célebres. El vivo se vuelve fantasma al apropiarse de una vida que no es suya. También es conocida la práctica buitresca en el periodismo, donde los obituarios de figuras públicas están ya preescritos, listos para publicarse en cuanto den el paso final.) Se sabe también que Freud escribió sobre las tribus que prohíben nombrar a los que han muerto: ¿quién tiene el valor y el derecho de hacer aparecer a los ausentes?

Así, escribir sobre los muertos, sobre cualquier muerto, independientemente del nivel de cercanía que se haya tenido en vida, impone un dilema ético. Lo que se diga será insuficiente, y el reto es no ofender la memoria de sus nombres. Quizá la peor ofensa ante los muertos es escribir sobre ellos sin una disculpa inicial, un caveat que declare “esto no lo dice todo” y “esta persona fue, por mucho, mucho más”. El sentido común lo daría por sentado, pero ya se sabe que de todos los sentidos... en fin... sin embargo hay la necesidad de hacer algo, de consignar una falta y un dolor, de reaccionar con furia y de manera práctica ante la muerte de la luz, y al mismo tiempo de aprovechar (en el sentido positivo del verbo) una dolorosa ocasión para mesurarnos, reevaluar y participar colectivamente en un ejercicio de duelo colectivo.

Sánchez Vásquez

El filósofo mexicano-español Adolfo Sánchez Vázquez murió el 8 de julio pasado en la ciudad de México a la edad de 95 años. La última vez que le vi debió haber sido 2002-2003, cuando me inscribí a su seminario sobre ética en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue un curso anunciado con bombo y platillo, que todos comentábamos se convertiría seguramente en su próximo libro (de hecho, Ética y política salió en 2007). El seminario lo dictó en uno de los grandes salones empinados tipo auditorio del sótano de la Facultad, enfrente de la entonces muy nueva ala de la biblioteca que lleva el nombre Samuel Ramos. (En una entrevista, Sánchez Vázquez relató que en sus primeros años en la UNAM “la cátedra de estética estaba monopolizada por Samuel Ramos, y mientras él vivió no hubo manera de que se creara un grupo de estética. Cuando él murió, al final de 59 o 60, me dieron a mí la cátedra de estética”.)

En ese mismo salón yo había tomado teoría literaria con Federico Álvarez, otra respetable figura del exilio español en México, quien en 1995 había editado el compendio de entrevistas titulado Adolfo Sánchez Vázquez: los trabajos y los días para la UNAM. Como sucede en el caso de muchos filósofos cuya obra es famosa, las entrevistas —como éstas recopiladas por Álvarez— representan una ventana accesible a la vida y obra —o pensamiento, pues— de Sánchez Vázquez. Pero tras esas introducciones nada reemplaza la lectura de algunos de sus textos, que posiblemente ahora se lean como documentos de una época ya casi extinta. En mi biblioteca personal sus libros clave son la antología Textos de estética y teoría del arte (UNAM, 1972), La pintura como lenguaje (UANL, 1974) y su Invitación a la estética (Grijalbo, 1992) entre otros, porque lo que a mí me había atraído a él en el principio fue su trabajo sobre la práctica artística (y, como joven estudiante, a su figura intimidante). Pronto me interesó su preocupación por el arte, la escritura, la poesía como práctica y oficio, discutida por él como labor emblemática de la dialéctica marxista, por representar ejemplarmente los dilemas del quehacer humano dentro de sistemas enajenantes.

En ese último seminario de ética había quienes tomaban notas sentados en el suelo. Para entonces Sánchez Vázquez (referido siempre así, por sus dos apellidos, que inferimos tendrían más impacto que el más ralo “Sánchez”) era ya y había sido una intocable “vaca sagrada” de la Facultad de Filosofía y Letras. Independientemente de la carrera que se cursara, Sánchez Vázquez era conocido por su venerable herencia intelectual. Leía sus conferencias con doloroso desgarramiento, enamorado de su prosa y de sus temas, todavía apasionado a pesar de la voz casi de ultratumba que desde esos días proyectaba con cansancio.

En esos años, debido a la popularidad en algunos círculos del Espectros de Marx de Jacques Derrida, el fantasma del marxismo en la filosofía y los estudios culturales estaba en su punto más alto. Sánchez Vázquez, ya profesor emérito, caminaba por los pasillos de la Facultad con la certeza de que el suyo era casi un retorno triunfal. Durante la huelga de 1999-2000 Sánchez Vázquez había intentado, con otros eméritos, ser fiel a su trabajo intelectual sobre la labor filosófica como práctica de transformación del mundo, dialogando infructuosamente con un Comité General de Huelga ignorante, corrupto, sordo e inepto. Para entonces, Sánchez Vázquez era conocido incluso por los que no leían, símbolo del recuerdo en vida de un idealismo práctico (la labor intelectual del pensamiento crítico y de la enseñanza de éste) que cada vez veía más cerca su extinción.

A Sánchez Vázquez no le amé como a mis otros profesores. Para cuando me atreví (como estudiante de literatura inglesa) a entrar al que se pensaba sería su último seminario, ya era demasiado tarde. Yo había intentado leer varios de sus libros, y conocía quizá demasiado sobre sus circunstancias políticas y personales. Por lo tanto mentiría si no dijera que le veía también como representante de un statu quo anquilosado que, a pesar de sus buenas intenciones, podría haber hecho más, en mi subjetiva opinión, por promover una UNAM donde las plazas no se heredaran tras la muerte de los grandes y el privilegio intelectual y económico continuara ad infinitum en las manos de unos cuantos.

Cuando me enteré de su fallecimiento pensé en el título ficticio “Adolfo Sánchez Vázquez o el dilema del filósofo marxista del exilio en México”. Imposible no sentir empatía por muchos de los obstáculos que tuvo que salvar, y no me refiero sólo al franquismo y al exilio, sino a aquellos implícitos en el querer vivir una vida comprometida dedicada a la labor intelectual y artística. Es al mismo tiempo fascinante y demoledoramente trágico darse cuenta que la experiencia de Sánchez Vázquez a finales de los cuarenta y hasta mediados de los cincuenta no fue muy distinta a la de tantos de nosotros ahora mismo. Para el Sánchez Vázquez recién llegado a México todo dependió de contactos (que le consiguieron trabajo dando clases en Morelia sin haber acabado una carrera) y de incesante multichambismo escritural. Para él fue un agotador y puramente remedial “traducciones, traducciones y más traducciones”, y como él mismo lo explicara, su obra filosófica sólo fue fecunda una vez pasada su juventud, después de lograr una plaza estable en la universidad. En una entrevista para la revista Theoria de la Complutense de Madrid, Sánchez Vázquez confesó:

Cuando volví a la Facultad, en 1950, ya andaba yo cerca de los cuarenta años y no había publicado nada. Mi primer libro es de 1965, cuando voy a cumplir cincuenta años y desde entonces mi obra ha sido muy fecunda (unos veinte libros). Hay dos razones que explican esa fecundidad tardía. Por un lado, las condiciones materiales de mi existencia la hacían imposible. ¿Cómo podía investigar y escribir un libro traduciendo seis horas diarias, complementadas con otras tantas de militancia política, y de trabajos aquí y allá? Cada día traducía en la casa o daba clases fuera de ella hasta las siete o las ocho de la noche, y a esa hora me iba a una reunión política o al partido, y regresaba a mi domicilio a la una o las dos de la madrugada. Prácticamente no había para mí ninguna posibilidad, no ya de investigar o publicar, ni siquiera para leer lo que no fuera de urgencia inmediata.

Éste era el México de los cincuenta, ¿pero para cuántos jóvenes y no tan jóvenes en la academia mexicana ésta es la realidad, o peor aún, una realidad a la que incluso aspiran? (¡Suertudo aquel que tenga demanda para traducir seis horas diarias, dirían algunos hoy en día!) Sin demeritar el trauma de quienes fueron forzados al exilio, la experiencia de Sánchez Vázquez revela que la labor intelectual, de pensamiento crítico no dogmático, conocedor de la historia pero dispuesto a renovarla es una de desarraigo y extranjería. ¿Qué más extranjero, qué más difícil y doloroso en México que vivir éticamente en la profesión del pensamiento crítico? ¿Cómo ejercer el privilegio de la enseñanza y el aprendizaje universitarios sin reconocer el sistema de exclusión que le hace posible, y la preclara “política sin moral” de los gobernantes que no la valoran? ¿No es ejercer el pensamiento crítico e intentar vivir éticamente en México un vivir escindido, entre la contradicción de un ideal práctico y posible y una realidad que se sigue antojando inverosímil?

Es una simplificación burda pero la enseñanza fundamental que Sánchez Vázquez dejó en mí —y en muchos otros también, estoy seguro— es la urgencia de crear y mantener espacios para la práctica de un pensamiento ético: vivo, creativo, crítico y autocrítico. Es fácil perder la esperanza y el optimismo ante el tinte trágico de la situación actual, pero ante la muerte de quienes nos formaron (Ingrid Weikart, Colin White, Bolívar Echeverría, Sánchez Vázquez) es responsabilidad de los vivos seguir trabajando con la visión de que otros mundos menos injustos son posibles. Sólo así se podrá seguir siendo joven, a pesar de los golpes de los años, como cuando sentados en el suelo apresurábamos las notas.

Ernesto Priego. Escritor, editor y traductor.

 

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