El traspatio (Backyard)
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Realizar una película sobre las muertas de Juárez parecía una tarea muy difícil. Pero al director Luis Carlos Carrera (México, D.F., 1962), como que las empresas complicadas le resultan cómodas. Esto es lo que sucede con El traspatio (Backyard, 2009), donde el resultado cumple a cabalidad con muchos aspectos que, a priori, podrían hacer pensar en callejones sin salida o discursos pantanosos. Un poco como lo acontecido con el gran éxito controversial y de taquilla El crímen del padre Amaro (2002), su anterior proyecto, que a pesar de no ser un producto para todos los gustos, firmemente escapa de lo burdo (peligro inminente) y tiene logros muy destacados.
Carrera no había filmado un largometraje en mucho tiempo, cosa rara después del tremendo hit que significó El crímen... Había concentrado sus esfuerzos en un par de episodios en los filmes Cero y van cuatro (2004) y Sexo, amor y otras perversiones (2006), en el cortometraje de animación De raíz (2004), y en algunos capítulos de las series Capadocia (2008) de HBO y Terminales (2008) de Televisa. Todo esto, mientras desarrollaba De la infancia, película que terminó de filmar casi inmediatamente después de Backyard, por lo que el 2009 verá el estreno no de una, sino dos películas del realizador.
Para El traspatio, la propia guionista y productora, Sabina Berman, fue la que buscó a Carrera para ofrecerle la dirección del filme, después de que Jorge Fons se retiró del proyecto. Y es que el sólido guión de Berman es la clave para que esta nueva película sobre Juárez no se convirtiera en el típico mamotreto demagógico además, claro, de la probada solvencia narrativa del director. El dúo Berman-Carrera entiende bien cuál es el mejor camino para un tema como éste, un drama oscuro pero sobrio, sin tremendismos y puntual.
Con una amplia trayectoria en la dramaturgia y algunas incursiones cinematográficas anteriores, como el guión de La tía Alejandra (1979) de Arturo Ripstein, así como también el guión y la co-dirección de Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (1996, junto con Isabelle Tardán, productora también de Backyard), Sabina Berman crea en ésta su más reciente producción, un entramado tan complejo como la realidad que sufrimos a diario, y que se multiplica exponencialmente en una ciudad de contínuo tráfico de todo tipo, Ciudad Juárez.
Conocedora de los entretejidos del poder, Berman retrata de qué forma las autoridades (y muchos otros corresponsables, como las transnacionales) no se interesan en los famosos feminicidios de esa ciudad. Mandatarios que hacen como que gobiernan, más preocupados por encuestas o convenientes relaciones políticas y económicas, comandantes corrompidos que hacen como que investigan, una prensa sensacionalista que olvida pronto (hasta que aparezca el siguiente alarmante caso), corporaciones carroñeras para las que un empleo en un país u otro se decide por céntimos. Un ambiente generalizado de sordidez ciega, sorda y muda. ¿Para qué preocuparse? Sólo son mujeres pobres, con escaso futuro. De cualquier forma terminarían mal casadas, madres solteras, des(sub)empleadas…
En medio de todo esto, algunos personajes comprometidos dan su propia lucha. Tienen que lidiar con esa podredumbre, porque no les queda de otra, o quizá porque no pueden escapar de su propia ética. La necia recién llegada policía investigadora Blanca (Ana de la Reguera, que intenta con este papel alejarse del encasillamiento), el molesto envalentonado locutor de radio (Joaquín Cosío) y la bien intencionada incrédula directora de ONG (Carolina Politi), no cesan en su intento de hallar justicia, como quiera que ésta venga, incluso fuera de la ley. Se encuentran con un compañero de patrullaje ambiguo (Marco Pérez), un comandante reacio y torcido (Alejandro Calva), un gobernador caprichoso y de muy familiar pobre retórica (Enoc Leaño), un no-del-todo culpable pero conveniente delincuente árabe (Sayed Badreya), y un escurridizo y bien conectado empresario gringo (Jimmy Smits). Paralelamente se cuenta la historia de Juanita (excelente Asur Zágada), una muy joven indígena que llega de su pueblo en el sur en busca de un mejor ya no digamos futuro, sino presente. No hay que ser un genio para saber lo que le espera.
La experimentada mano de Carrera se siente en cada una de las escenas. Reconocido director de actores, logra sacar lo mejor a cada uno. Por otro lado, el acertado ritmo del thriller hace que la historia avance con fluidez, hasta el final, donde un par de soluciones apresuradas en el guión, demeritan un poco el buen trabajo de construcción anterior. De cualquier forma, da gusto cuando aparece una película mexicana como El traspatio en la cartelera comercial, después de los años involucrados y las amenazas durante su realización. Pero sobre todo, porque se trata de un producto trascendente, y no mero entretenimiento autocelebratorio.