"Tu ombligo, como taza de luna, que está vacía", dice la voz masculina en el Cantar de los Cantares: "tu vientre, como montón de trigo, cercado de violetas. Los dos pechos tuyos, como dos cabritos mellizos". En Watch the Northwind Rise, Robert Graves cita una versión vernácula de estos versos que dice así: "Tu vientre es como un montón de trigo, /Tus pechos como dos cabritos./ Oh, ven a la cama conmigo, dulce mía, /íY quítate toda la ropa!". Para los hombres, una mujer desnuda es lo más hermoso que verán jamás. En este planeta, el cuerpo femenino es el principal objeto estético, recreado no sólo en la estatuaria y en la pintura, sino en forma de aldabas, cascanueces, pies de lámparas y cariátides. Para los ingleses de la era victoriana, estaba en todas partes, desnudo en latón, mientras que sus mujeres de carne y hueso estaban envueltas, forradas y reforzadas como si fueran muebles; en este siglo, el cuerpo femenino obsesiona de arriba abajo al comercio, desde la sedosa sensación epidérmica de una suave cajetilla de cigarros hasta las curvas de trasero de un Porsche. El cuerpo femenino es una obra maestra de diseño mercantil, que convence a la raza humana de procrear generación tras generación, que extrae semen de hombres hipnotizados con la facilidad de un carterista en un espectáculo de variedad "sólo para hombres".
Este cautivante mecanismo debe pagar un precio por su propia complejidad: el cáncer que ataca a senos y ovarios, el cólico menstrual y la histeria que perjudican el desempeño femenino. Su época de florecimiento, de fertilidad potencial, es más corta que la del cuerpo masculino, aunque también es más estimulante y poderosa. En una carta dirigida a Max Brod, Kafka hacía un comentario nada caballeroso acerca de las mujeres: "No es sino hasta el verano que uno realmente ve en grandes cantidades su curioso tipo de carne. Es carne suave, que retiene mucha agua, algo hinchada, y conserva su frescura sólo por unos cuantos días". Prosigue, con su escrupulosa justicia: "De hecho, claro, luce bastante bien, tiene buen aspecto, pero eso tan sólo es prueba de la brevedad de la vida humana". En efecto, la más larga duración actuaria del cuerpo femenino demuestra la relativa penuria biológica del hombre y los efectos salubles del ejercicio vitalicio proporcionado por los quehaceres domésticos.
Si la principal realidad social acerca del cuerpo femenino es su atractivo, la principal realidad política es su debilidad, comparada con el cuerpo masculino. Tal vez haya algunas feministas lo suficientemente apasionadas como para rebatir esto, pero la verdad es elemental. Como lo dijo Elizabeth Hardwick, con admirable firmeza, al revisar El segundo sexo de Simone de Beauvoir "Las mujeres son indudablemente inferiores físicamente a los hombres y, si éste no fuera el caso, toda la historia del mundo sería diferente. Cualquier mujer a quien un hombre le haya torcido la muñeca, reconoce que es una realidad de la naturaleza tan
humillante como lo es un ciclón para una frágil rama". Esto subyace a muchas realidades del destino femenino, tales como el uso de las mujeres como esclavas domésticas y bestias de carga en la economía fundamental del mundo, y la atención y sutileza superiores de las mujeres en las maniobras privadas de las sociedades avanzadas. "Los remilgos de las mujeres", escribió Stendhal en l'Amour, "son el resultado de esa peligrosa situación en la que se hallan a tan temprana edad y de la necesidad que tienen de pasar sus vidas entre enemigos crueles y encantadores".
La debilidad física y las crueldades que de ella resultan son la verdad, pero no toda la verdad y, desde el punto de vista de las especies, ni siquiera la verdad fundamental. Para un hombre adulto, un pensamiento-experimento interesante es tratar de mirar de nuevo a una niña prepubescente, digamos de diez u once años, con los ojos de un niño de la misma edad. La debilidad relativa, las llamativas curvas, los remilgos femeninos, todavía no están del todo presentes, pero sí la magia -el canto de la sirena, el extraño llamado simultáneo a ser amable y a conquistar, el vertiginoso deseo de colocar la vida de uno junto a esta otra-. Sin
duda, las inducciones culturales a la heterosexualidad nos bombardean desde la infancia; pero, por lo general, caen en un terreno aterradoramente receptivo.
Con su capacidad de concebir y llevar en las entrañas a un feto y amamantar a un niño, el cuerpo femenino es el vehículo de nuestra vida -el motor y los rieles-. Así, al regresar a esta fuente primigenia, la sexualidad masculina bebe en el manantial del ser y entra en la sombría región de la mitología, en donde lo que está arriba está abajo y la muerte es vida. El paradójico carácter contradictorio de las actitudes masculinas hacia la hembra y su cuerpo -los impulsos para exaltar y envilecer, para servir y esclavizar, para herir y consolar, para reverenciar y desdeñar- se remonta a algún punto de origen en donde las emociones todavía no se
diferencian y la energía no tiene una dirección definida. El acto sexual, desde el punto de vista masculino, es una paradoja, una transformación de sus arremetidas en placer, un golpe en las entrañas que se recibe con gratitud. El sadismo y el masoquismo coquetean naturalmente al borde de, como lo dijo Katherine Mansfield, nuestro "profundo y terrible deseo de establecer un contacto".
Y, naturalmente, las mujeres modernas sienten una impaciencia personal al verse convertidas en un mito, al ser imaginadas (íy dicen que ellas son las histéricas!) como madonas y rameras, madrestierra y vampiros, niñas desvalidas y dominadoras implacables, y sin la capacidad masculina de ver el sexo simplemente como lo que es. ¿Qué es? Presuntamente, una función y un procedimiento biológicos, situados en el mismo nivel que comer y defecar, del mismo modo que las mujeres, cuando son consideradas de manera objetiva, son seres humanos con iguales derechos y entidades políticas con mentes propias. Se sabe que los hombres, sin querer, y en lapsos de distracción o de saciedad, sí han visto el cuerpo femenino sólo como un cuerpo, muy parecido al suyo, construido tanto para la locomoción como para la procreación, un tallo erguido y endeble, que temporalmente resiste, con sus milagrosas reacciones moleculares en cadena, las fuerzas de la gravedad y la entropía. Es un momento lúcido, pero desalentador, ver a una mujer desnuda como a una especie de hombre, sólo que más pequeño, de constitución más delicada, sin barba, pero, salvo por esto, idéntica a los hombres en cuanto al vello, y con protuberancias, suaves hinchazones, énfasis no masculinos endurecidos con grasa, suavemente balanceados por la gravedad... un montón de trigo cercado de violetas... esas curvas catenarias, esa curiosa, considerada ausencia... el momento de visión lúcida desaparece.
Al implorar el perdón de las mujeres por hacer un mito de sus cuerpos, por no ser reales con ellas, sólo podemos apelar a su propia sexualidad, que es diferente pero tal vez no básicamente diferente de la nuestra. También para las mujeres parece existir ese embrollo de súplica y posesión, ese descenso hacia la indeferenciación infantil, ese desamparo omnipotente, esa fusión con el calor-madre cósmico, ese ruboroso salto, que acelera el pulso hacia la sobrestimación, la proyección, la confusión general.
El Cantar de los Cantares tiene dos voces; también hay una elogiadora que afirma: "El, mi amado, es blanco y colorado, es jefe entre los millares. Su cabeza, oro de Tíbar, sus cabellos crespos, negros como cuervo... Su vientre, blanco de Ebur cercado de zafiros", etcétera. ¿Es posible que el cuerpo del hombre -sus hombros masivos, sus caderas estrechas, sus pies y manos de gruesas venas, su vientre indefenso y débil encima de la tuerta y priápica rareza- también surja como un mensaje glorioso desde lo más profundo? En la última novela de Margaret Atwood, Cat's Eye, en uno de los numerosos y sorprendentes pasajes acerca de crecer como un ser femenino y humano, la heroína reflexiona sobre los adolescentes con quienes habla por teléfono: "Lo serio del asunto son sus cuerpos. Me siento en el vestíbulo, acunando el teléfono, y lo que oigo son sus cuerpos. No presto gran atención a las palabras, sino a los silencios, y en los silencios estos cuerpos se recrean a sí mismos, son creados por mí, cobran forma". Parte de esto es sexual, piensa ella, y parte no lo es. Parte de esto es puramente visual: "Los rostros de los chicos cambian tanto, se suavizan, se abren, ansían. El cuerpo es energía pura, luz solidificada". Para hombres y mujeres, los cuerpos del otro sexo son mensajes que señalan lo que debemos hacer signos resplandecientes de nuestras propias necesidades.